Este es mi caso
Estuve trabajando desde el inicio de mi vida laboral de tornero, comenzando de aprendiz, la formación se
hacía entonces sobre la marcha, trabajando en la máquina llamada torno. Es una máquina con la que se
da forma a los materiales mediante la extracción de viruta. El material más usado era el acero y se usaba
bronce, latón, aluminio, nylon, baquelita o cualquier otro. Eran trabajos de precisión en los que se
permanecía trabajando de pie junto a los mandos de la máquina. Estuve diecinueve años en esa máquina.
No tuve ningún problema hasta que un día me apareció un dolor intenso en las piernas. A simple vista no se veía
nada extraño en ellas. Alguien me dijo que eran varices. Como conocía una clínica de pasar por la puerta en la que
se anunciaba que solucionaban las varices fui a que me las quitaran. El doctor me dijo que me quitara los
pantalones y que me subiera a un taburete para analizarme las piernas. No vio nada. Al rato de pensar me
recetó tres o cuatro medicinas entre las que se incluían antibióticos. No me los tomé. Resulta que era una clínica de varices
superficiales, que son antiestéticas.
Me fui al doctor de medicina general que me recomendó ejercicio y unas medias
elásticas que llegaban hasta la rodilla. Además de incomodas, no solucionaron nada. El deterioro continuaba y
ya no podía seguir en el torno. Tenía que cambiar de trabajo.
Actualmente sigo con varices pero no me molestan, conseguí arreglarlas sin cirugía. Sólo cambiando mi dieta.
Me obligué a tomar como postre melón o sandía una vez al día.
Tener varices sin dolor me exige un comportamiento acorde con ellas. Las varices me están vigilando lo que hago y,
si en cualquier momento tomo tóxicos, ellas protestan de la única forma que saben, con dolor. Ese dolor no cesa
hasta que los tóxicos se eliminan de allí donde se han depositado, el tejido de las venas safenas.